Lluvia de lagrimas derramadas

Llovía, aunque no era una lluvia de tormenta, mas bien era una lluvia fina que generaba una neblina irreal.

Habían estado cabalgando durante horas hasta llegar al Desfiladero del Fuego Negro.

Un día antes, se dirigían hacia las tierras de Sylvania; reino de Vampiros y otras criaturas repugnantes que no respetaban ley alguna impuesta por el Imperio.

Redgar comandaba el batallón de soldados que habían sido destinados, junto con muchos otros, a buscar y destruir las crecientes amenazas que se cernían sobre las lindes del Imperio.

Los rumores, cada vez mayores, sobre un ejército de inmenso poder que se dirigía hacia el Imperio desde el norte, había obligado al Emperador a partir hacia la batalla. Sin embargo, esta no era la única amenaza, se oían también historias sobre un alzamiento en las tierras del sur, en la morada de los muertos. Los corazones de los hombres se encogían cuando pensaban que quizás Lord Morcar, Amo y Señor de las filas del Ejercito de los Malditos en el pasado y que tras cien años de batalla fue derrotado por el Inquisidor, hubiera vuelto de su tumba por medio de algún hechizo de brujería arcana y maligna.

Todas las criaturas que pululaban por las fronteras del Imperio parecían estar preparándose para la batalla, su osadía al adentrarse en territorios humanos de manera desafiante, no concordaba con su comportamiento. Los pieles verdes vivían por y para la guerra, pero su cobardía era legendaria, sin embargo en aquellos días oscuros, parecían impulsadas por una determinación fuera de toda duda.

El regimiento que comandaba Redgar no era muy numeroso, había perdido algunos hombres en una batalla anterior cuando derrocaron al Caudillo Orco Ulag, sin embargo la perdida no fue en vano.

Al adentrarse en la fortaleza de Ulag para acabar con el, Redgar había logrado liberar a Berethor, un gigante Bárbaro que había sido hecho prisionero por Ulag desde pequeño.

Al verse liberado de su yugo, el Bárbaro había jurado lealtad eterna a Redgar en gratitud. De esta manera Berethor se unió así el la Cruzada de Redgar por el Imperio, y este comprobó que el Bárbaro eran un gran guerrero a tener en cuenta.

Jozan era un Clérigo Elfo, mano derecha de Redgar y gran amigo de este.

Aunque había nacido en los bosques elficos de Loren, había pasado la mayor parte de su longeva vida en el Imperio de los hombres y les había enseñado muchos conocimientos en el arte de la medicina curativa, a su vez, Jozan aprendía las costumbres humanas para, algún día, poder volver a su lugar de origen e intentar que sus hermanos no vieran a los humanos como la amenaza potencial que estos creían.

Justo cuando se distinguían a lo lejos los picos de las torres oscuras de Sylvania, uno de los oficiales del Batallón en cola dio la voz de alarma. Un jinete con distintivos del Imperio, era perseguido por los Pieles Verdes. Inmediatamente, Redgar ordeno que el Batallón diera media vuelta para auxiliar al Jinete.

Cabalgaron a la vera de un río que cortaba en dos el descenso de la colina donde se encontraban, la vegetación existente dio paso a un paraje mas basto de roca desnuda, gobernado por una llanura desde donde se podía ver la persecución del Jinete por parte de los Pieles Verdes.

Un carruaje Orco del que tiraba un Jabalí salvaje, se acercaba al Jinete por su flanco, Redgar espoleo su caballo demarcándose así del resto del Batallón.

            -¡Caballería de la primera, desviaos al flanco izquierdo!.- Redgar veía como apestosos Goblins Cabalgalobos se acercaban por la izquierda, a su mismo lado del río, en línea recta al Jinete para impedirle la huida. –¡Interceptad a los Goblins ya!, Berethor ve con ellos.- El Bárbaro profirió un grito de guerra y sacudió las riendas de su montura para que virase con el resto de la Caballería. Redgar solo pedía a los Dioses que estuvieran de su lado para llegar a tiempo al Jinete.

El carruaje Orco ya estaba muy cerca del Jinete huido, Redgar podía ver que su modo de cabalgar revelaba que sufría heridas serias, iba entornado hacia delante y se sujetaba a duras penas.

La caballería se coloco paralela al Carruaje Orco, separados tan solo por el río que en ese tramo era demasiado profundo para poder cruzarlo.

            -Mas adelante el río es poco profundo.- Jozan señalo con el índice y Redgar asintió.

            -!!!Preparaos, cuando de la orden viramos a derecha, y por Sigmar que debemos llegar antes que ese carruaje alcance a nuestro hermano de armas!!!!!.- Un grito unánime de los Jinetes del Batallón hizo saber que no fallarían.

El Carruaje llevaba dos ocupantes, un enorme Orco sujetaba las riendas y otro agarraba con firmeza una lanza e intentaba alcanzar al Jinete herido.

            -!!!Lo van a alcanzar!!!!.- Redgar sujeto con fuerza su espada, espoleo a su caballo para que se acercase mas a la orilla y se irguió sobre su montura.

El Orco de la lanza, seguía dando estocadas hacia el Jinete y su montura, pero fallaba por no estar lo suficientemente cerca, Redgar vio como se subía en la parte frontal del carro para tener una mejor posición desde donde atacar, lanzo su arma hacia delante y esta impacto en la hombrera del Jinete, este profirió un alarido de dolor e intento agacharse aun mas.

El otro Orco emitió un gruñido que Redgar entendió por los gestos, ¡iban a atacar al caballo!, el Jinete estaría perdido si el caballo resultaba herido.

Mientras el Orco volvía a posicionarse para lanzar su ataque contra el caballo, Redgar sujeto con fuerza su espada, calculo la distancia.

-¡Sigmar, guía mi mano y dame la fuerza suficiente!- Redgar lanzo la espada  hacia el Carro Orco como un rayo portador de muerte. El filo corto el aire e impacto contra el Orco que sujetaba las riendas del carruaje, lamentablemente el impacto no fue certero ya que la distancia que los separaba era demasiado grande. El Orco fue herido en el brazo, pero eso no le impidió seguir guiando al Carruaje hacia el Jinete.

-¡Maldición!, he fallado.- Se lamento mientras intentaba ganar mas velocidad.

La distancia que había para llegar al lecho poco profundo del río era demasiada, y los Orcos ya tenían al Jinete al alcance.

-¡Redgar!, ¡apartaos!- Una voz sonó a su izquierda, su mirada busco la voz y vio a Jozan, en pie sobre su montura con su arco dispuesto.

-Dispara, ¡y no falles!- Jozan no respondió, una mirada basto para decir que no fallaría.

Esta vez el impacto fue certero, los Dioses acompañaron al Elfo en su ataque, la flecha voló por encima del río y se incrusto en el cuello del Orco, al que la espada de Redgar había herido antes, matándolo al instante. El carruaje, ahora sin nadie que lo dirigiese, giro bruscamente a la derecha y el Orco que intentaba alcanzar al Jinete con la lanza, se vio impulsado por la fuerza del viraje, perdió el equilibrio y cayo bajo las ruedas. El Jabalí salvaje siguió tirando del carruaje y se alejo hacia la llanura mientras dejaba tras de si el cuerpo inerte del Orco en la tierra.

Berethor y el resto de Jinetes alcanzaron a los Cabalgalobos por el flanco y los tomaron por sorpresa, el chillido de guerra que lanzaban mientras perseguían al Jinete, se convirtió en un alarido de terror cuando vieron como un inmenso Bárbaro partía en dos con su enorme espada a uno de sus hermanos Goblins y a su montura.

Berethor veía como los Goblins abandonaban la persecución y se batían en retirada.

            -¡No dejeis escapar a ninguno!.- Decía mientras cercenaba una cabeza verde cuyo cuerpo siguió unos segundos encima de su montura hasta caer dando vueltas por el suelo y chocar contra unas rocas.

La Caballería Imperial dio cuenta de los Goblins restantes mientras Redgar sujetaba al Jinete en su regazo a la vez que Jozan intentaba aplicarle medicinas curativas.

            -Esta fuera del alcance de cualquier curación, la muerte ya ha reclamado su alma.- Dijo el Elfo con pesar.

            -En……..Desfiladero….Negro.- El Jinete tosió sangre.

            -Tranquilo amigo, el dolor no durara mucho, pronto estarás junto a Sigmar.- Le dijo mientras sujetaba con fuerza una de sus manos.

            -Nos atacaron……..un gran ejercito………..hacia el Imperio…..- El Jinete miro a Redgar a los ojos con determinación mientras pronunciaba sus ultimas palabras.           -¡Debéis………detenerlos!- Dijo con un último estertor, antes de que su espiritu abandonase el cuerpo.

Por los distintivos, el Jinete había sido General del Imperio, y que un General Imperial abandonase sus tropas solo podía indicar una cosa; todos habían muerto.

El cadáver fue incinerado en una pila de troncos a la orilla del mismo río que le había visto morir. Mientras el cuerpo ardía, Jozan y Berethor se acercaron a un Redgar pensativo cuyo fuego se reflejaba en sus ojos haciéndolos arder de furia.

            -¿Qué haremos mi señor?- Pregunto el Bárbaro con una potente voz grave.

Redgar se volvió hacia el, tras suyo, el cielo se oscurecía por el inminente ocaso y las rojas pintadas que lo surcaban parecían profetizar el destino que se cernía inminente; un destino de fuego y acero.

Redgar miro a todo el Batallón que se había colocado en formación intuyendo sus órdenes.

-Haremos lo que desearía cualquier hijo del Imperio, y lo que hace milenios hizo nuestro gran Señor Sigmar. Cabalgaremos sin descanso, llegaremos al Desfiladero del Fuego Negro y destruiremos cualquier enemigo que nos encontremos, o pereceremos en el intento. ¡Somos hijos del Imperio!, somos el filo que segara las almas de todos aquellos que quieran destruir nuestro hogar, combatiremos hasta acabar con todos, !!!AUNQUE TENGAMOS QUE IR AL MISMISIMO INFIERNO!!!

Redgar levanto su espada hacia el cielo y tras el grito de guerra de Berethor, todos sus hombres alzaron sus armas, cada uno sabía su destino y lo acompañarían hasta el final.

            -¿No podemos continuar un poco más?-. David miro con ojos suplicantes a Daniel, mientras este comenzaba a recoger todas las miniaturas, accesorios y dados que había encima de la mesa.

            -Ya llevamos más de dos horas, sabes que no puedes estar tanto tiempo sin descansar.

            -Si, ya lo se, pero esto es lo único que me saca fuera de aquí, que me aleja de los médicos, las pruebas y el dolor.- Los ojos cansados de David, con profundas ojeras suplicaban.

            -Mañana volveré y podrás volver a ese mundo mágico de nuevo. ¡Ey!, tienes que destruir al ejercito del Caos, no lo olvides.- Daniel vio como esbozaba una pequeña sonrisa.

            -¿Puedo…..?- David dejo la frase sin terminar.

            -Claro, son tus Héroes, ya son parte de ti.- Daniel le entrego las miniaturas de Redgar, Berethor y Jozan a David y vio como este las tomaba con mucho cuidado y las depositaba en su bolsillo, excepto la de Redgar que permaneció en su mano.

            -David, es la hora.- El Doctor Hernández miraba desde la puerta.

            -Si……- Musito el. –Adiós Dani.- Dijo mientras se intentaba incorporar.

            -No te preocupes.- El Doctor le puso una mano en su hombro, yo te llevare.

Daniel vio como su hermano atravesaba el umbral de la puerta de la habitación mientras el Doctor empujaba su silla de ruedas y el soporte del gotero. Sabia que el Cáncer estaba ganando la batalla y que cada día que pasaba lo alejaba un poco mas de el.

Aunque todos le habían dicho que su juego era lo único que hacia que David luchase por su vida, algo en su interior le decía que jamás llegaría a verle combatir contra Lord Morcar, ni vería como le vencía, preservando así la Paz del Imperio para siempre.

Hiciera lo que hiciera, sabia que al final su hermano pequeño iniciaría su ultimo viaje y que el no estaría allí para guiarle.

            -Adiós hermanito………- Dijo con voz quebrada y, cuando la puerta de la habitación se cerro y la soledad lo rodeo, Daniel lloro amargamente, y sus lagrimas cayeron sobre el tablero de juego como la lluvia caería sobre la llanura del mundo fantástico al que viajaba junto a su hermano.

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